Nicolas Flamel: el copista medieval que se volvió demasiado rico y dejó un testamento imposible de explicar
Según la leyenda, convirtió mercurio en oro en 1382. Los documentos confirman otra parte de la historia: un copista que compró inmuebles y financió obras religiosas.
- Cuándo
- siglos XIV y XV
- Dónde
- París, Francia
- Situación
- Explicado en parte la explicación principal es aceptada; quedan detalles abiertos
Por Redacción de Ecos del Pasado. Publicado el 2 de noviembre de 2026. Lectura de 3 min.
Según todas las pruebas disponibles sobre el comienzo de su vida, Nicolas Flamel era un copista de París. Es un origen tan improbable para un supuesto alquimista como el de Rasputín, un campesino siberiano sin educación formal que se convirtió en el hombre más temido y más cercano al trono ruso. Flamel se dedicaba a escribir y vender libros en una época en la que ese era un oficio honrado, pero modesto. Se casó con una viuda llamada Perenelle, que tenía algunas propiedades, y llevó una vida burguesa razonable en el París del siglo XIV.
Entonces, según la tradición que se formó a su alrededor, algo cambió.
En 1382, según el relato que se le atribuye y que se publicó después de su muerte, Flamel habría logrado la Gran Obra alquímica: la transmutación de mercurio en plata y, después, en oro.
Lo que no es leyenda: en los años siguientes, Nicolas Flamel financió la construcción y la restauración de catorce hospitales, tres capillas y siete iglesias en París y Pontoise. Los registros contables existen. El dinero era real.
La pregunta es de dónde salió.
Lo que confirman los registros históricos
Nicolas Flamel es una figura histórica real, documentada en registros parisinos del siglo XIV. Compró propiedades. Financió obras religiosas. Su nombre aparece en documentos notariales.
Él y Perenelle murieron (ella en 1397, él en 1418) y fueron enterrados en la iglesia de Saint-Jacques-de-la-Boucherie, en París, de la que aún queda la torre, la Tour Saint-Jacques.
Según los relatos, sus tumbas fueron profanadas durante la Revolución francesa por personas que creían que los cuerpos guardaban secretos alquímicos, y se encontraron vacías. Un vacío de pruebas tan desconcertante como el que encontramos en el Pozo de Barhout, donde 112 metros de exploración respondieron menos preguntas de las que plantearon.
Eso puede significar muchas cosas: que los cuerpos habían sido trasladados en algún momento anterior, que las tumbas eran cenotafios (monumentos sin cuerpo), que alguien había retirado los restos por razones religiosas o supersticiosas o, en la versión que prefiere la tradición alquímica, que Flamel y Perenelle no estaban allí porque nunca habían muerto.

El manuscrito que lo cambió todo
En el mismo relato que se le atribuye, Flamel cuenta cómo había comprado, por dos florines, un libro antiguo con tapas de cobre, lleno de textos y figuras que no lograba entender. Pasó años intentando descifrarlo, viajó a España en busca de la ayuda de eruditos judíos y, al final, con la ayuda de un maestro llamado Canches, comprendió los secretos alquímicos que contenía el libro.
Ese libro, identificado en la tradición como el "Libro de Abraham el Judío", nunca se encontró. Puede que no haya existido. Puede haber sido una metáfora de un proceso de aprendizaje que Flamel describió de forma alegórica.

Pero el dinero que apareció después era real. Catorce hospitales son una cantidad considerable de filantropía para un copista.
Las explicaciones terrenales incluyen la herencia de Perenelle (que era viuda y tenía propiedades), la especulación inmobiliaria exitosa en París y, sencillamente, la acumulación gradual de décadas de trabajo honrado. Estas explicaciones son viables, pero la investigación histórica moderna todavía no las ha documentado de una manera que cierre la cuestión.
Nicolas Flamel sigue en la frontera entre el personaje histórico verificable y la leyenda alquímica. Y esa frontera es exactamente donde viven las historias más persistentes.
Para otros alquimistas cuya verdad es difícil de separar de la leyenda, lea sobre Cagliostro y sobre el conde de Saint-Germain. Para otro hombre cuyo conocimiento transformador, real y documentado, fue ignorado en vida, consulte el caso de Nikola Tesla.